HISTORIA DEL CINE EN MEXICO

México fue el primer país americano en conocer el cine. Porfirio Díaz, que a pesar de su mala fama era un gran curioso y fomentador del arte y las ciencias, invitó a los hermanos Lumiere para que presentaran ante él su novedoso invento. Sin embargo no fue hasta unas décadas después que se adentró el país en la industria del cine. Santa, de 1931 fue la primera película sonora filmada en México, dirigida por Antonio Moreno y basada en la novela homónima de Federico Gamboa.




    Cuando en México se empezó a hacer cine formalmente, con el nacimiento de los estudios México Films y los estudios Azteca Films por allá de 1933, ya pasaban en el país y en el mundo muchas cosas. A nivel mundial se vivía una crisis económica y social sin igual, el mundo estaba envuelto en guerras y vivía a la expectativa. En México, sucedían cambios rápidos y extraños, la sociedad había salido de la elegancia del porfiriato para dar paso al indigenismo y de vuelta a la urbanización de las artes en los años 30.
    La sociedad estaba dividida, la clase alta en sus grandes casonas de la colonia Roma con su servidumbre; la clase baja, marginada, olvidada y pisoteada en oscuras vecindades de calles sin nombre; o bien, en pueblos de provincia, alejados del avance de las grandes ciudades.
    El cine mexicano retrató cada una de estas realidades, exaltándolas, maquillándolas, transformándolas incluso en caricaturas. Surgió el papel del pobre pero bueno y honrado, del rico malvado y abusivo, de la indígena que termina de fichera en la viciada ciudad.
    Si bien hubo géneros que no fueron los que mejor se dieron, como el terror; los melodramas y las comedias fueron un hit. Surgieron personajes de la talla de Cantinflas, Tin tan, Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix y Dolores del Río, íconos del cine cuyos nombres resuenan hasta hoy.
    Se consideran varios parámetros para consolidar las fechas y la duración de la llamada “época de oro del cine mexicano”, pero para no ahondar en tales problemas, consideraremos que va de 1933, año en que se fundan los estudios fílmicos ya mencionados, a 1957, con la muerte trágica del ídolo del pueblo: Pedro Infante.
    Más adelante los temas y géneros fueron haciéndose variados, la comedia, el drama, la tragicomedia, las rumberas, incluso el terror y el western fueron explotados por la, para entonces ya decadente, industria cinematográfica mexicana; sin olvidar el clásico cine de luchadores (¿quién podría olvidar joyas del cine como Santo contra las momias (1972), o Santo contra las mujeres vampiro (1962)?).
    Para los años 60 el cine vivió un declive, las compañías productoras decidieron abaratar los costos de producción de las películas, dando lugar a los llamados “churros”, películas de bajo costo y de mala calidad en general que resultaron en otro tipo de personajes y de guiones que hicieron que se perdiera ese público que antes ahorraba para ir al cine, cayendo así en una decadencia del cine mexicano que duraría muchos años.
    La última vez que nos vimos, recorrimos un largo camino de varias décadas, desde el Porfiriato, cuando los hermanos Lumiere trajeron su invento para la recreación del General; la época dorada del cine nacional, con astros de la talla de Pedro Infante, Tin Tan, Tongolele, Dolores del Río y María Félix; hasta la llegada de una época obscura en el cine nacional a finales de los 50.
      Pues bien, llegada esta época tan terrible, no queda de otra más que relatarla, y ¿por qué no habríamos de hacerlo? Si parte de la historia de todo resulta algo incómoda, y finalmente nos lleva a lo que somos y hacemos hoy.
      A finales de los 50, luego de la muerte del ídolo del pueblo, Pedro Infante, hubo una etapa de reacomodo en el cine nacional, los ojos del mundo habían puesto la mirada en el cine que se hacía en el país y se empezó a hacer mucha experimentación, para algunos maravillosa, para otros un tanto extraña.
      Los olvidados” de 1950 es una gran muestra de esta etapa y la contaremos como la gran iniciadora de un período que ya no se considera en sí época dorada, pero en la que se hacían películas aún de gran calidad, y que hoy es considerado cine de culto.
      No olvidemos que “Los olvidados” es una cinta que entra en la etapa europea del surrealismo, escrita y dirigida por el español Luis Buñuel, “Los olvidados” mostraba una parte de México que nunca se había visto en la pantalla grande, cosa que a muchos mexicanos no les pareció adecuado.
      ¿Cómo se atrevía un español a venir a meter el dedo en la llaga? Porque eso fue lo que hizo Buñuel, el público mexicano, acostumbrado a ver la miseria en la calle y el esplendor en el cine, de pronto se topa con una cinta que mostraba la vida más triste (y más real) del país.
      ¿Qué sucedió entonces? Casi nada, que la cinta fue censurada en México durante muchos años, pero el tema surgiría de nuevo y con gran fuerza en los ’90 y hasta la actualidad.
      Otro gran ejemplo de esta época es “Pedro Páramo” de 1967, una adaptación fílmica de la novela de Rulfo que resultaba extraña y escalofriante; en su tiempo fue una de esas cintas que nadie conocía, muy underground el asunto, pero sin duda, al igual que la película de Buñuel, la historia le daría su valor justo y hoy es otra gran película de culto. Una obligación para los cinéfilos empedernidos, una belleza dirigida por Carlos Velo y con guion adaptado por el mismísimo Carlos Fuentes.
      Podríamos (y deberíamos) seguir con este capítulo, pues es a mi parecer, cuando se hizo el mejor cine de arte (muchas veces si querer ser de arte) en nuestro México lindo y querido, pero concluyo esta segunda entrega con una recomendación más de esta gran etapa, se trata de “Macario” de 1959, una película de Roberto Gavaldón y con el papel estelar del GRAN Ignacio López Tarso en una de sus actuaciones más conmovedoras y lacerantes.
        Recordemos que en la entrega anterior conocimos el cine experimental que se hizo en México en la época del cine de oro, pues bien, hoy nos asomaremos a la locura cinematográfica de los años 70 y 80; es una locura, he de decir, no de la buena.
        A finales de los 50 y principios de los 60, una vez fallecido el ídolo del pueblo, el guapo Pedro Infante, se sumó a todo esto una época de desengaños en el país; había (como siempre) crisis financiera, pero más que esto, la revolución feminista y la ligereza de la época hippie estaba en su apogeo en casi todo el mundo; nuestro país no fue la excepción.
        El cine, como reflejo de la sociedad, no tardó en mostrar aquello que era tan opuesto a lo que se conocía: las buenas costumbres, los vestidos largos, la mala fama que traía a una mujer bailar con un desconocido, etc.
        Llegaron los 60 y con ello las faldas cortas, las mujeres libres que fumaban y bebían, que tenían sexo sin tapujos, los hombres que se acostaban con ellas, con todas ellas, ¿cómo olvidar al galanazo Mauricio Garcés?
        Pero el cine en esta época ya también resentía la crisis financiera y sin aquéllos ídolos del cine de oro, nadie daba un peso por las nuevas producciones a color que comenzaban a proliferar.
        Surgieron actores de tercera, que muchas de las veces eran traídos de la televisión para hacer películas que resultaban más bien capítulos extendidos de sus shows, como el caso de las películas de los Polivoces con todo y las apariciones de Chabelo (que ya entonces era viejo), o las películas del Doctor Cándido Pérez.
        Mención aparte merecen las películas de terror/comedia con actores como Pedrito Fernández, Lucerito y Tatiana.
        Por estas fechas el gran Mario Moreno “Cantinflas” continuaba filmando y mucho, pero sus personajes ya se habían vuelto una sombra de lo que eran, cayendo siempre en el moralismo y el mismo discurso (que no era malo, pero aburría); lo mismo pasaba con Tin Tán, que para entonces, avejentado y con kilos de más, había perdido totalmente su gracia y su talento actoral.
        Para los años 80 se puso de moda el mentado cine de ficheras, que no era otra cosa que un libro vaquero llevado a la pantalla grande con personajes como Lyn May, Sasha Montenegro, Andrés García, César Bono, Rafael Inclán y Luis de Alba.
        Sobra decir que el cine en los 80 tocó fondo y no fue sino hasta finales de los 90 que recuperó (o lo intentó sin mucho éxito) parte de lo que había perdido. Fue la película Amores Perros de Alejandro González Iñárritu, en el 2000, cuando se inicia el llamado “nuevo cine mexicano”, que, si bien no tiene ni el apoyo ni la demanda que llegó a tener el cine de oro, sí podemos decir que surge de entre las cenizas; si no como un ave Fénix majestuoso, sí quizás como un halcón o una aguililla.
        Quién sabe, quizás algún día el cine mexicano vuelva a ser lo que antes fue.

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